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LA ÚLTIMA MENTIRA
Por Andrés Candelario
De frente, en los primeros bancos, estrechamente vigilados por un numeroso contingente militar, tus ex compañeros de organización, con ojos azorados, te observaban en estado de “shock”. Tú, desde el banquillo de los testigos, los mirabas desafiante ---como tiene que ser-- mientras, en secreto, clavabas las uñas en la tensa humedad que te fluía desvergonzadamente de ambas manos…La Juez se dispuso a comenzar los procedimientos. Afuera, los periodistas extranjeros atisbaban por entre los rostros momificados de la policía que había acordonado la zona y los accesos al edificio del Tribunal. Mientras te preparabas para testificar no podías evitar la invasión de un ramalazo de memorias que, a ciencia cierta, te perseguirán como tiñosas mientras vivas…
Entré en la habitación. En la espalda, al pasar, sentí que la presión de las palmadas era una señal de complicidad e, indirectamente, una contraseña de pase no acordada. Devolví los saludos como quien retorna un artículo defectuoso. Sólo mi guayabera ---los bolsillos atorados de papeles--- se mezclaba, participaba, confraternizaba. Un regusto ácido me subió a la garganta, lo atajé ahí, cerré los ojos un instante, exhalé una buena bocanada de aire. Avancé. Una mano casi vegetal reclamaba mi antebrazo derecho, mientras giraba el cuello en busca del sonido de mi nombre, que se formó en el aire y explotó, entre la mesa y la bandera, como una burbuja familiar al fondo del aposento.
Siempre he tratado de mantener a raya los ataques de escrúpulos, de dudas, aplastándolos en cuanto asoman sus antenas de coleóptero, ahogándolos en la antigua música de los himnos y los aplausos que llevo claveteada en las maderas viejas de la memoria: aquél hervidero humano, hipnotizado, vociferante, desbordando la Plaza de la Revolución cada “26 de julio”, o aquella marea de boinas rojas precipitándose escalinatas abajo de la Universidad rumbo a Palacio, el pecho explotándome con el rítmico rash-rash de las botas contra el asfalto caliente de EL Malecón, la presión de la metralleta belga sobre la pechera empapada de mi camisa verde-olivo, la mano derecha, una garra alrededor del cerrojo aceitoso del fusil, las pupilas atornilladas a las nucas brillosas de la próxima escuadra y la certeza de estar marchando a paso de carga hacia un horizonte sin límites…
Con el correr del tiempo había notado que esa estrategia de reafirmación revolucionaria era cada vez menos efectiva ante al testimonio firme y testarudo de este grupo de disidentes y opositores que había infiltrado. Mientras los oía no me quedaba más remedio que admirarlos, sentimiento que había visto crecer dentro de mi a regañadientes, que poco a poco había sustituido el odio y el resentimiento solapados de los primeros meses y la socarrona hostilidad de los últimos dos o tres años. A fuerza de verlos, de tratarlos, de asistir a sus reuniones “conspirativas”, de cerciorarme una y otra vez de la enorme desproporción entre sus proyectos libertarios pacifistas y el poder represivo del sistema, habían ido perdiendo esa arista de virulencia y peligrosidad que necesariamente debe poseer “el enemigo”.
Durante el último año había asistido a sus reuniones como uno más, había participado de sus huelgas de hambre, sufrido con ellos la violencia y la humillación de los odiosos “actos de repudio”, dirigidos desde lejos por mi “oficial de enlace”; había formado parte de sus comités de trabajo, de sus órganos de prensa y mi nombre, había calzado varios boletines noticiosos de denuncias, publicados en la prensa extranjera, muchas veces con la convicción de que “eso” era lo que tenía que “decir”. Sentía que la máscara que soy estaba siendo devorada lentamente por la asombrosa realidad que me pagaban por vigilar.
Cada vez asumía más responsabilidades, escalaba nuevas posiciones de liderazgo, proponía movidas más arriesgadas, ampliaba las áreas de influencia en los centros de trabajo de la capital, diseñaba redes de apoyo logístico dentro y fuera del país, buscaba canales de comunicación con organizaciones internacionales de Derechos Humanos, esos enemigos acérrimos de nuestro régimen. Y todo con el aguijoneo constante de mi “oficial de enlace” que insistía una y otra vez, que sí, que me lanzara ya, que los empujara, que los comprometiera, que los cabrones cogieran confianza, que se envalentonaran esos gusanos de mierda, y me enseñaba unos incisivos amarillentos, grandes y separados como dientes de conejo; que la trampa estaba lista, me repetía, que todos caerían como ratas en una ratonera.”! Prepárate!”, remachó, mientras se levantaba y se viraba hacia mí y sentía en la espalda el impacto de su palmada, confirmando como si fuera un cuño oficial la secreta complicidad, el “sagrado compromiso” con la “revolución”; y un olor acre de sudor acumulado me golpeaba el rostro, invadía la intimidad de mi espacio, se pegaba a sus zancadas mientras caminaba hacia la puerta, después de dejar encima del destartalado sofá donde duermo, el sobre amarillo de siempre y la pistola Makarov que le había pedido, por favor, desde el mes pasado. El arma me miraba desde el viejo sofá con su oscura tuertera depredadora. Me la encajé en la espalda bajo la arrugada guayabera con un moviendo mecánico. Respiré. Su presión metálica sobre la cadera me produjo una falsa sensación de seguridad. Mañana volvería a presidir de nuevo la reunión del grupo, a verles las caras, a animarlos... Y otra vez la antigua tensión en la boca del estómago y otro buche ácido que me subía, pero que ahora escupí como quien hace un disparo a quemarropa.”¡Que se joda!”... mascullé entre dientes.
Tu deposición parecía que no iba a terminar nunca. Primero, tu nombre y demás datos personales, después tu identidad de “seguroso”: “agente Mario”, disparaste, y la fecha y circunstancias en que empezaste a trabajar para la Seguridad del Estado; detalles sobre tu lento pero imparable ascenso dentro de la organización hasta llegar a presidirla; después, la descripción minuciosa de sus planes a corto y a largo plazo; nombres y teléfonos de los contactos en Santiago y en Pinar del Río; reuniones de coordinación con otros grupos de opositores con nombres, fechas y lugares; las fuentes de dinero del exterior; contactos en la Sección de Intereses de los Estados Unidos; los arreglos de pago con periódicos y emisoras de radio del extranjero, en fin, hora y media en que no miraste ni una sola vez hacia los bancos donde el grupo de disidentes naufragaba en el chapoteo de tus delaciones con los puños apretados..
No recuerdas bien la continuación del juicio ni su inevitable desenlace. Terminaste anegado en una especia de sopa rancia, empapado por una transpiración helada y maloliente, que empañaba constantemente tus espejuelos. Sí, sabías que fuiste el único testigo . La Fiscalía no necesitaba a nadie más.
De regreso a tu covacha caíste contra el maltrecho sofá , donde por las últimas semanas batallaste con tus insomnios, como fulminado por un rayo. Desde el suelo, la Makarov te hacía señales de humo por su ojo fijo de verdugo, pero ya no las podías ver…
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